Problemas de la ciencia (I)

      La adoración hacia la ciencia ha alcanzado su más alto grado, hasta el punto de verse en ella la posibilidad de solución de todos los problemas que pueda tener el ser humano, incluidos los de índole espiritual; la ciencia ha llegado a ser, según la expresión de Ortega, “la fe de que vive el hombre europeo actual”. Pero resulta que, desde hace nada menos que casi siglo y medio, existía ya entre los propios científicos niveles considerablemente altos de desconfianza hacia su propia validez.

      Es opinión generalizada que la validez de las ciencias se fundamenta en dos grandes soportes: la experimentación objetiva, es decir, la observación más o menos directa de la realidad, y la formulación matemática de sus contenidos. Empecemos por la observación:

      Digamos, para introducirnos de una vez en el tema, que el problema actual de la credibilidad de la ciencia hay que inscribirlo en el marco de una profunda actitud de duda respecto a la capacidad humana de conocer. De hecho, se trata, el de la credibilidad de la ciencia, de un episodio más de una larga historia de desconfianza con respecto al valor general de nuestros conocimientos, desconfianza que empieza a manifestarse en filosofía muy tempranamente -siglo V a.C.-, pero que logra su expresión más decisiva y cargada de consecuencias con Descartes, en los comienzos mismos de la Edad Moderna. No obstante, conviene aclarar que Descartes no fue un escéptico. Para él todas nuestras facultades pueden llevarnos a la verdad. La cuestión se plantea en su filosofía sólo respecto a la posibilidad de encontrar una primera verdad absolutamente segura que pueda servir de fundamento y punto de partida de todas las demás verdades. Ahí sí que tuvo dificultades Descartes.

      A partir de Descartes el problema no hace sino ir in crescendo hasta nuestros días. Y hoy ya, con respecto al valor y los límites de nuestra capacidad de conocer, se admite, al menos, sin graves dificultades algo muy importante, aunque pueda parecer una perogrullada: que el conocimiento humano es conocimiento “humano”, es decir, propio del hombre, y que, por consiguiente, cada tipo de ser tiene su forma propia, peculiar de conocer. De aquí se desprende, y pronto veremos las consecuencias de esta afirmación, que si nosotros tuviésemos unas facultades distintas a las que tenemos, conoceríamos el mundo de manera diferente a como lo conocemos.

      Esto es ya claro en cuanto a nuestra percepción de las cosas. En primer lugar, porque el ser humano conoce inicialmente a través de los sentidos, los cuales tienen una constitución determinada y una organización específica. Están formados, por ejemplo, por ciertos tipos de células: los conos y los bastoncitos, entre otras, para el sentido de la vista, que nos permiten, respectivamente, captar la luz o ver en la oscuridad; las células de Corti para el sentido del oído, etc. Y todas estas clases de células son distintas entre sí. Es decir, tenemos unos sentidos que son de cierta manera, y ello constituye una condición inamovible. Funcionan de una manera determinada, y porque son como son y funcionan así, percibimos de la forma en que lo hacemos. Si no tuviéramos células adecuadas para captar la luz, nos sería imposible ver los colores y, de hecho, hay animales que no ven los colores, o que ven otros diferentes, como animales que no oyen. Lo que quiere decir, en definitiva, que de ser nuestros órganos sensoriales distintos, la realidad se nos presentaría también de manera distinta. ¿Cómo es la realidad, entonces? ¿Podemos afirmar que las cosas son como las percibimos?

      Y no se crea que se trata sólo de un problema de grado: que el animal, por ejemplo, perciba menos o más que nosotros. Se trata de un problema de otro tipo, de un carácter cualitativo más acentuado. Ya Müller, con su ley de la especificidad de los sentidos, había demostrado que el tipo de sensación que tenemos no depende tanto de las características del estímulo exterior cuanto de la naturaleza del propio órgano.

      Enriquezcamos un poco estos datos con un caso más complejo: el del oído. Lo menos que con respecto al oído podemos decir es que lo que oímos no es sino el resultado final del funcionamiento, en milésimas de segundos, de ese simple pero impresionante mecanismo que, empezando por el tímpano y continuando por la cadena de huesecillos y un cierto medio líquido, el líquido endolinfático, transmite las vibraciones de la membrana timpánica hasta los nervios auditivos centrales que, a su vez, reenvían ese impulso hasta cierto lugar del cerebro, que es donde se produce la sensación. No son, por tanto, los sonidos los que penetran en el oído. Los sonidos es lo que surge al final del proceso. Fuera de nosotros habrá con toda probabilidad algo que ponga en marcha ese proceso, pero ese algo no tiene por qué ser necesariamente “ruidoso”. Es posible, incluso, que fuera de nosotros no exista ruido alguno. No es ningún disparate pensar que acaso estemos en un mundo silencioso, tan silencioso como el silencio de los espacios infinitos de que hablaba Pascal. En otras palabras, los sonidos, como tales sonidos, son producidos por nosotros.

      Y no es esto sólo lo que determina nuestra percepción de las cosas. Hay ciertos factores subjetivos, pero de mayor calado aún que lo anterior, que actúan, sin duda, deformando o, al menos, desvirtuando la realidad. Fueron Stratton y, posteriormente, Köhler, a través de unas célebres experiencias realizadas con unas gafas prismáticas, que tienen la virtud de invertir las imágenes en nuestra retina, quienes nos demostraron hasta qué punto las vivencias tenidas con anterioridad configuran nuestra captación presente de las cosas.

      Y, por último, juegan asímismo un papel decisivo en la percepción los estados afectivos, los intereses personales, las propias expectativas, la sugestión, etc. Factores todos ellos que singularizan y subjetivizan nuestra percepción de la realidad hasta un punto que, en cada caso concreto, es prácticamente imposible determinar.

      Sabemos, por lo tanto, cómo percibimos la realidad, pero no sabemos cómo es en sí misma la realidad que percibimos.

      Me hago cargo de la sorpresa que todo esto puede causar a algunos de vosotros. Pero así son las cosas, y tanto la fisiología, como la psicología y hasta la misma física se encuentran hoy en día en condiciones de certificar cuanto acabo de decir.

 

A. Rodríguez Sánchez: La Credibilidad de las Ciencias

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~ por Alejandro Delgado en abril 17, 2008.

7 comentarios to “Problemas de la ciencia (I)”

  1. AGAN PORFAVOR DEFINICIONES ESACTAS DE LA PROBLEMATICA DE LA CIENCIA ESQUE ESTO NO NOS SIRVE DE MUCHO.

  2. A mi me guustaria saludar a todos los nuñez.

  3. ickkck tbc

  4. kkloiojhygtrfffffffaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaaAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAA

  5. no encontre algo en concreto de los problemas qeu enfrenta la ciencia, digamos social,politico etc

  6. no me sirve de nada!
    no pueden hacer algo bien?

    • Lo que sí que no sirve para nada es tu metroflog, con todas esas tonterías de tu vida personal ahí subidas. ¿No te da pena?

      Respeta el trabajo que hacen los demás, y si no encuentras la información que buscabas, busca en otro sitio, pero no insultes. Internet es un lugar para todos.

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