¿Hay música en el hombre? II

portada1.jpg   II: La Música en la Sociedad y la Cultura

        

  • No podemos sostener que los kwakiutl son más emocionales que los hopi porque su estilo de danza parezca más extático a nuestros ojos. En algunas culturas, como en ciertos tipos de música y baile dentro de una cultura, las emociones pueden encontrarse deliberadamente interiorizadas, lo cual no significa necesariamente que sean menos intensas. Los mismos criterios de juicio debieran aplicarse a las aparentes diferencias de complejidad de la música a nivel superficial.

        

  • Debido a que la creciente complejidad de coches, aviones y muchas otras máquinas está relacionada con su eficacia como medios de comunicación, a menudo se asume que el desarrollo técnico en la música y el arte debe, de la misma manera, ser signo de una expresión mejor o más profunda. Sin embargo, la complejidad o simplicidad de la música es algo definitivamente irrelevante. Es el contenido humano del sonido humanamente organizado lo que “atrapa” a la gente. Incluso si éste emerge como un exquisito giro melódico o armónico, como un “objeto sonoro” si se quiere, seguirá siendo el pensamiento de un ser humano sensible, y es dicha sensibilidad la que puede despertar o no los sentimientos de otro ser humano. Dentro de un sistema musical dado, una mayor complejidad superficial puede ser comparable a una mera extensión de vocabulario, la cual no altera los principios básicos de una gramática y resulta carente de sentido al margen de ella.

      

  • A los oyentes parece importarles más la eficacia funcional de la música que su complejidad o simplicidad superficiales. ¿De qué sirve el mejor pianista del mundo, o escribir las composiciones más brillantes, si nadie quiere escucharlas? ¿Cuál es la utilidad humana de inventar o usar nuevos sonidos por los puros sonidos? ¿Para qué molestarse en mejorar la técnica musical, si el objetivo de la interpretación es compartir una experiencia social?

       

  • El valor de la música en sociedad y sus efectos diferenciales sobre las personas pueden ser factores esenciales en el crecimiento o la atrofia de las aptitudes musicales, y el interés de los individuos puede radicar menos en la música en sí misma que en las actividades sociales que la acompañan. Por otro lado, sin cierta motivación extramusical la aptitud musical tal vez nunca se desarrolle. Cuando contemplé a los jóvenes venda desarrollar al mismo tiempo sus cuerpos, su amistad y su sensibilidad en la danza comunitaria no pude dejar de lamentar los cientos de tardes malgastados en los campos de rugby y los rings de boxeo. No fui criado para cooperar, sino para competir. Hasta la misma música se me ofreció como una experiencia más competitiva que compartida.

        

  • Si la música de la danza de posesión tiene el poder de hacer que una determinada mujer “caiga” en trance, ¿por qué no habría de tener ese mismo efecto sobre otra? ¿Es la situación la que inhibe los, por lo demás, poderosos efectos de la música? ¿O resulta la música impotente sin el esfuerzo de un conjunto especial de circunstancias sociales? Son evidencias de este tipo las que me vuelven escéptico sobre los tests de asociación musical que se plantean a los sujetos en contextos artificiales, asociales, que nunca imaginaron los creadores de la música.

    

  • Sólo unos pocos de entre aquellos nacidos en el grupo apropiado se revelan realmente como músicos excepcionales. Lo que parece distinguirlos es que tocan o cantan mejor por haber dedicado a ello más tiempo y energía. Al aplaudir la maestría de músicos excepcionales, los venda aplauden el esfuerzo humano. Y al ser capaces de reconocer los signos de la maestría en el medio musical, los oyentes manifiestan una competencia musical general no menor que la de aquellos músicos a quienes aplauden. De la misma forma que los ancestros venda no pueden retornar a sus hogares si no es por los buenos oficios de sus descendientes, deberíamos recordar que la existencia de Bach o Beethoven depende tanto de intérpretes como de públicos educados.

   

  • Es por esta capacidad de la música para crear un mundo de tiempo virtual por lo que Gustav Mahler dijo que puede llevar al “otro mundo, un mundo en que las cosas dejan de estar sujetas al tiempo y el espacio“. Los balineses hablan de “la otra mente”, un estado del ser que se alcanza a través de la música y el baile. Se refieren con ello a estados en que las personas se vuelven agudamente conscientes de la verdadera naturaleza de su ser -del “otro yo” que existe dentro de sí mismos y de los demás seres humanos-, así como de su relación con el mundo circundante. Vejez, muerte, sufrimiento, sed, hambre y otras aflicciones de este mundo se ven como acontecimientos transitorios. Hay libertad respecto a las restricciones del tiempo real y una absorción completa en el “Presente Eterno del Espíritu Divino”, el abandono del yo en el ser.

    

  • Cuando alguien describe experiencias musicales en el lenguaje técnico de la música, lo que de hecho está describiendo son experiencias emocionales que ha aprendido a asociar con patrones particulares de sonido.

   

  • Deberían existir estrechas relaciones estructurales entre función, contenido y forma de la música.

  

John Blacking – ¿Hay Música En El Hombre? (Alianza)

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~ por Alejandro Delgado en marzo 27, 2008.

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