Posmoderno

Posmoderno

  

    POSMODERNO: El Posmoderno es un movimiento artístico típicamente moderno, caracterizado por su exasperación ante la lentitud de acabamiento de la era moderna. Con una cierta candidez, los teóricos posmodernos dan por concluida la modernidad de lo moderno. Los artistas posmodernos también simulan que ya se ha terminado lo moderno pero se consideran muy modernos. De hecho, más modernos que los modernos porque los posmodernos, como su nombre indica, han llegado después y son más novedosos.

      Este “después” es digno de estudio.

      No hay duda de que lo moderno en general tiene como fondo de sustentación el pensamiento progresista de la burguesía ilustrada francesa e inglesa del siglo XVIII. La creencia en un mejoramiento posible de las condiciones de vida human, gracias a los adelantos científicos y técnicos, es la creencia fundamental del pensamiento moderno. Sin ella, lo moderno carecería de base. Todavía hoy, mucha gente cree que lo bueno de la época tecnocientífica es la penicilina y cosas semejantes que han “alargado mucho la vida”.

      Frente a la modernidad de lo moderno se alza la escalofriante muralla de cadáveres que ha construido la voluntad de progreso en los últimos dos siglos. Millones de muertos en dos guerras mundiales, innumerables guerras imperiales, cientos de guerras civiles, un buen número de revoluciones proletarias, y varias depuraciones raciales. Aparte de la desertización generalizada y el agotamiento de casi todos los recursos básicos. Nadie podría mantener el mito del progreso y el avance de la civilización científico-técnica, de no ser porque nadie sabe con qué sustituirla, aunque sea con un número menor de cadáveres, sin caer en un aburrimiento bárbaro.

      Es más. Nadie sabe ya qué es la “barbarie”. ¿Nosotros, que somos tan educados y tenemos museos, somos los bárbaros? ¿O más bien ellos, que son analfabetos y esclavizan a sus mujeres pero carecen de medios para una destrucción masiva? Quizá todos lo somos, porque uno de los efectos modernos más fascinantes para el pensamiento moderno es la contabilización del valor de la vida humana. Contabilización que da, como suma, cero.

      En contraste con la doctrina occidental cristiana según la cual todo hombre es inmortal porque puede acceder a la vida eterna, un humano moderno carece ya de valor por sí mismo; depende del coste que suponga su supervivencia. Este principio, respetado universalmente , ha acabado por igualar a bárbaros y civilizados en un punto esencial: la consideración de que una vida humana es cuantificable. Llegados a ese punto, todos somos bárbaros, ya que lo propio de un bárbaro es que no comprende el valor no cuantificable de la vida humana.

      El cálculo de recursos privilegia unas supervivencias sobre otras y permite unas muertes pero prohíbe otras. Está permitido matarse haciendo deporte, pero está prohibido matarse fumando. Un enfermo de sida recibe atención mediática y económica (y por lo tanto médica) muy superior a la que recibe un enfermo de lepra y no digamos de paludismo. Morir, se muere igual, pero con mayores o menores derechos.

      Ante el cálculo totalitario y la hecatombe producida por lo moderno, muchos artistas y pensadores han manifestado una cierta inquietud. El primero en aceptar abiertamente el estado de cosas, es decir, la voluntad de acabamiento de la modernidad de lo moderno, fue Nietzsche, pero su representante más enérgico y poderoso es Martin Heidegger.

      Los modernos y progresistas cuentan con una ventaja a su favor y es que no están obligados a leer a Heidegger porque el filósofo alemán fue nazi. No parecen dispuestos a admitir que ésa es, justamente, la ventaja de Heidegger: haber participado en la primera tentativa universal de nihilismo absoluto y de estado totalitario basado exclusivamente en criterios estético-racistas. Una participación en la política de su tiempo idéntica a la de Platón o Aristóteles, y coronada por un éxito similar.

      Pero no es preciso leer a Heidegger para ser víctica del acabamiento de la modernidad de lo moderno. Los antiguos comunistas rebautizados a la usanza demócrata son un perfecto ejemplo de cómo las estructuras totalitarias “a la antigua”, como el nazismo, el fascismo o el comunismo, han sido absorbidas por una estructura totalitaria mucho más perfecta y eficaz a la que tratan de adherirse y exprimir privilegios incluso sus antiguos enemigos.

      Ante semejante panorama, es muy digno de encomio que algunos artistas e intelectuales proclamen el necesario acabamiento de lo moderno. La pena es que no van más allá del nombre: ser “posmoderno” es lo que los ingleses llaman un wishful thinking, una baladronada diríamos nosotros. Nada indica que lo moderno se vaya a acabar en los próximos cien años.

      El “estilo” de la posmodernidad ha sido, en general, un verdadero desastre, pues en lugar de proponer una alternativa seria, duro trabajo, esfuerzo intelectual y tarea para dos generaciones, han propuesto vacaciones para la parejita en una playa del Caribe y renovación de la decoración doméstica. El éxito alcanzado por los posmodernos entre los especuladores de toda laya es muy interesante.

      El nombre apareció por primera vez en los años setenta, aplicado a un grupo de arquitectos americanos hartos de someterse al racionalismo bauhausiano y sus derivados. Frente al edificio de acero y cristal en forma de caja de zapatos, proponían una renovación que diera testimonio de un mundo distinto al de la Alemania de los años veinte. Por desdicha, dieron testimonio de la América de las Barbies, de los MacDonald y de los Reagan. De pronto las revistas de arquitectura (que son las únicas realmente interesadas en estas cuestiones y gozan de un poder omnímodo entre las côteries de arquitectos) se cubrieron de frontones áticos, columnas dóricas, colorines y lo que es peor: ¡ornamentación!

      Siendo así que ya nadie sabía preparar un estuco o construir una columna, dado que los materiales eran prefabricados, y contando con que la hora de trabajo obligaba a las constructoras a dar saltitos de rana en la línea divisoria entre la legalidad y la delincuencia, el resultado fue todo lo mediocre que cabía esperar. No se resucita la gramática palaciega sólo con buen gusto y una clientela de notarios y ginecólogos.

      Infectados por el posmodernismo arquitectónico, otras actividades artísticas se sumaron a la denominación de origen. Los más avispados y primerizos tuvieron el éxito de las modas (de todas las modas) y vendieron durante un par de años. Luego se hicieron profesores de Bellas Artes o abrieron un nuevo capítulo en el desarrollo de su oeuvre.

      La posmodernidad literaria apenas ha existido en España porque sin necesidad de apoyarse en teoría alguna, muchos escritores habían regresado ya a la novela realista y costumbrista, espoleados por la televisión y el cine americano. Tímidos intentos para aplicar la apelación de posmodernidad a lo que no es sino un afán de reconquistar a la clientela perdida, en dura competencia con las teleseries, han fracasado gracias al fúnebre silencio de los departamentos universitarios férreamente anclados en Pérez Galdós y Camilo José Cela, así como a la indiferencia de una prensa, la española, ya casi sólo deportiva. Algún periodista ha habido, sin embargo, que ha calificado de posmoderno el analfabetismo narrativo de importación norteamericana. Hasta tal punto la influencia de la opinión americana llega hasta los rincones más apartados del planeta.

      De la posmodernidad han quedado dos monumentos de considerable entidad: las urbanizaciones más cursis pero más caras y con materiales más baratos que jamás se hayan construido; y una escuela americana de origen francés, entregada al análisis e interpretación artística, sobre la que puede consultarse nuestra entrada “DECONSTRUCCIÓN”. Es la única institución universitaria, heredera de Nietzsche y de Heidegger, que pueda presentarse como rotundamente posmoderna y sin embargo no totalmente irresponsable.

      Sutil se presenta la denominación del próximo capítulo del acabamiento. Dada la dificultad de imponer neoposmoderno, propongo desde ahora posmortem. El contenido es indiferente: cualquier cosa vale.

  

Félix de Azúa: Diccionario de las Artes

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~ por Alejandro Delgado en abril 3, 2008.

4 comentarios to “Posmoderno”

  1. Y cómo es que te ha dado por escribir del “pots”modernismo?
    A pesar de todo lo que dice Félix de Azúa, cual crees tú que es el motivo por el que la posmodernidad literaria apenas ha existido en España?

  2. Hola! me alegro de que vuelvas a escribirme. Jejeje. Pues lo de la postmodernidad es que me interesa bastante, y sobre todo me gusta mucho la caña que mete Félix de Azúa, sin perder el toque humorístico.

    Lo de la postmodernidad literaria… Bueno, hay que tomarlo dentro del tono sarcástico que está utilizando. Pero no deja de tener razón en lo que dice, estoy de acuerdo con él, aunque no soy ningún experto en historia de la literatura española jeje.

  3. Aquí es pongo un ejemplo literatura española posmoderna

  4. Quise decir “Aquí os pongo …”

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