Problemas de la ciencia (II)

      … Es a través de estos sentidos, cuya constitución y funcionamiento acabamos de ver, como el hombre de ciencia realiza esa observación de la realidad, que es, como ya sabemos, el punto de partida de toda investigación científica.

      Esto nos lleva a una primera conclusión respecto a la credibilidad de las ciencias: el método científico, es decir, el procedimiento que se suele seguir para conocer y explicarse el mundo que nos rodea, aparece ya en sus comienzos, justo en la observación, revestido de una indudable inseguridad, afectado por algunos ineludibles vicios de origen.

      En primer lugar, porque nuestros sentidos son selectivos: por su propia naturaleza y configuración están capacitados para captar algunos aspectos de la realidad, pero nada nos dice que esos aspectos que captamos sean todos los que esa realidad posee.

      Por otra parte, cuando el científico aplica su capacidad de observación, nunca tiene en cuenta todo lo que aparece en la realidad que observa. Diríamos que, en cierto sentido, reestructura selectivamente esa realidad y elige de ella tan sólo ciertos aspectos: el aspecto físico, el químico, el matemático, etc. Esto supone una clara actitud reduccionista. Reducción simplificativa que es, sin duda, necesaria si se quiere llegar a lograr un cierto orden dentro de la abundante multiplicidad de datos que nos ofrece la experiencia. Pero, al fin y al cabo, reducción: el científico que se ocupa del mundo físico, por ejemplo, se fija únicamente en aquellos aspectos puramente dinámicos de la realidad que no alteran la naturaleza de las cosas y busca conocer las leyes que rigen este dinamismo, pero prescinde de otros aspectos igualmente importantes, como, por citar alguno, la forma de relacionarse entre sí los elementos que entran en su composición, aspecto este que ocupará más bien la atención del químico. Estamos, pues, ante un segundo caso de mutilación de la realidad que hemos de añadir al citado anteriormente. A la selectividad natural de nuestros sentidos hay que añadir la selección voluntaria, consciente, que el propio científico lleva a cabo de acuerdo con sus intereses.

      Pero ahí no acaba todo. Sabemos que la observación científica es con frecuencia reforzada mediante experimentos. Un experimento no es más que una reproducción artificial de lo que ocurre en la realidad, provocada con el fin de no tener que estar esperando a que la naturaleza lo produzca por sí misma. Sin embargo, lo cierto es que esta reproducción nunca es totalmente fiel a la realidad que intenta reproducir: las ratas sometidas a experimentos en el laboratorio no se comportan nunca como lo harían en su hábitat natural. De esta manera, el observador está condicionando constantemente lo que observa, haciendo que se ajuste a sus propias posibilidades y exigencias. Podría decirse que el científico actúa como Procusto, aquel bandido de la mitología antigua que torturaba a los que robaba, bien cortándole los miembros, bien estriándoselos, según conviniese a las medidas del lecho en que los tumbaba.

      A esto hay que añadir todavía que los mismos instrumentos que se utilizan para la observación, cuando hay que utilizarlos, inciden inevitablemente sobre la realidad observada, desvirtuándola cualitativamente y restándole, por lo tanto, fidelidad a la propia observación. En primer lugar, porque percibimos según las características de los propios instrumentos que utilizamos. Pero, en segundo lugar, porque esos instrumentos modifican, alteran irreversiblemente la realidad objeto de observación: no podemos ver a través del microscopio el comportamiento de una célula, si no es proyectando sobre ella un determinado medio (la luz, por ejemplo) que no pertenece a la realidad observada. Pero, entonces, ya no podemos decir que vemos la célula comportarse naturalmente, sino en un medio totalmente extraño a ella como es la luz.

      Imaginaos esto referido al mundo de lo infinitamente pequeño, como la estructura del átomo o las partículas más elementales que componen el universo, para cuyo estudio se requieren instrumentos de una grandiosidad y complejidad abrumadoras. En estos casos, aún más que en el anterior del microscopio, es imposible la observación exacta. La toma de conciencia de este hecho ha dado lugar a uno de los principios más fecundos de la física contemporánea: el llamado principio de indeterminación de Heisenberg.

      Pero esto no ocurre sólo en el mundo de lo infinitamente pequeño: también el batíscafo que desciende a las profundidades abisales para estudiar el comportamiento de los peces en un hábitat de absoluta oscuridad, necesita paradójicamente proyectar una luz sobre su entorno, con lo que la tal oscuridad desaparece. Es verdad que en la actualidad el impresionante desarrollo de la técnica ha puesto en manos del científico instrumentos de observación mucho más sofisticados que la simple luz. Pero esto no hace desmerecer en absoluto lo que estamos diciendo. Tanto el científico que estudia en el laboratorio lo infinitamente pequeño como los que ocupan el batíscafo ven la realidad ya modificada por los instrumentos de observación. Y ello inevitablmente. Con un agravante: ni a unos ni a otros les será posible llegar a saber jamás en qué medida lo que observan está modificado.

      Y para terminar estas consideraciones sobre la observación conviene tener en cuenta, además, que todo dato observacional arrastra ineludiblemente una carga teórica, esto es, se realiza dentro de un marco teórico aceptado. Cuando se dice que un determinado color corresponde a una determinada longitud de onda, se está admitiendo hablar dentro del modelo ondulatorio de la luz; hay, sin embargo, otro modelo, el corpuscular, en la que aquella interpretación no tendría sentido. La estructura atómica de Bohr, y es otro ejemplo, no es más que una aplicación a la interpretación del átomo de la concepción copernicana del universo. Hoy se está utilizando para comprender el funcionamiento de nuestro cerebro un modelo explicativo que está tomado del campo de la informática. En ninguno de los casos citados se puede afirmar con seguidad que las cosas ocurran verdaderamente así. Nadie ha visto la estructura del átomo, ni tampoco el fotón, “cuanto de luz” que Einstein introdujo en 1905 para solucionar la contraposición antes mencionada entre la teoría corpuscular y la teoría ondulatoria. SIn embargo, el que nadie haya visto el fotón no ha sido obstáculo para que todo científico admita hoy su existencia. Se trata de un marco teórico previo qe determinará sensiblemente el curso que habrá de seguir la explicación de los hechos.

      Poner, por lo tanto, lo observable como base de todo el conocimiento y especialmente del conocimiento científico, es algo que resulta sencillo de hacer, pero no responde demasiado a la realidad de lo que ocurre. La verdad es que la ciencia transforma los objetos que estudia, los reconstruye en cierto modo, sometiéndolos a sus esquemas previos.

      Como es natural, el ideal científico sigue siendo la total objetividad. Pero ello no es posible. Como dice Fritjof Capra: “Sabemos desde Heisenberg que el ideal clásico de la objetividad científica no puede sostenerse por más tiempo. La investigación científica implica al observador como participante… De ahí que no haya propiedades objetivas de la naturaleza independientes del observador humano“.

      Y, más decisivo aún, este texto de Popper: “La base empírica de la ciencia objetiva, pues, no tiene nada de absoluta; la ciencia no está cimentada sobre roca: por el contrario, podríamos decir que la atrevida estructura de sus teorías se elva sobre un terreno pantanoso, es como un edificio levantado sobre pilotes. Estos se introducen desde arriba en la ciénaga, pero en modo alguno hasta alcanzar ningún basamento natural o ‘dado’. Cuando interrumpimos nuestros intentos de introducirlos hasta un estrato más profundo, ello no se debe a que hayamos topado con un terreno firme: paramos simplemente porque nos basta que tengan firmeza suficiente para soportar la estructura, al menos por el momento“.

 

A. Rodríguez Sánchez: La Credibilidad de las Ciencias

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~ por Alejandro Delgado en abril 17, 2008.

Una respuesta to “Problemas de la ciencia (II)”

  1. no sirve para nada

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