Ciencia demente

      Un grupo de científicos americanos ha publicado un estudio en el que se afirma que los incendios forestales, en contra de lo que parece dictar el sentido común, pueden paliar los efectos del cambio climático. Según estos buenos señores, el humo que liberan tales incendios “reduce la cantidad de radiación solar que alcanza la superficie”, contrarrestando “el calentamiento provocado por la acumulación en la atmósfera de gases de efecto invernadero”. La lectura de la noticia me ha producido una sensación mixta de estupor e hilaridad no menor a la que me hubiese provocado leer que los médicos aconsejan a sus pacientes castrarse, para prevenir el cáncer de testículo. Pero estoy seguro de que, detrás de tan rocambolesca noticia, existe un concienzudo informe, elaborado tras años de minuciosísima investigación, plagado de datos que corroboran las conclusiones y de alambicados razonamientos que refuerzan con aplastante lógica tan desquiciada hipótesis.

      Recuerdo que, cuando era niño, se impuso la idea -también fundada en estudios científicos- de que el aceite de girasol era benéfico para la salud, en oposición al perjudicial aceite de oliva; hoy la ciencia nos dice exactamente lo contrario. Y lo mismo podría predicarse de multitud de alimentos: en nuestros días, por ejemplo, se ha impuesto la creencia de que la leche de vaca y sus derivados son poco menos que veneno inyectado en vena; y cada día se urden en los laboratorios sucedáneos de leche, o leches reducidas a la radiografía, que suplen las aportaciones minerales de alimento tan básico.

      Los niños de generaciones anteriores a la actual crecimos con la convicción de que beber un vaso de leche era garantía de un crecimiento saludable; y en  épocas de hambruna, la leche llegó a ser el emblema de una utopía de estómags satisfechos (el Plan Marshall, por ejemplo, incluyó entre sus productos estelares la leche en polvo y la mantequilla). Tal vez dentro de unos años, otro estudio científico vuelva a decirnos que sin leche no existe dieta equilibrada; y entonces volveremos a beber leche como si en ello nos fuera la vida. La ciencia parece dispuesta a demostrar esto y lo otro, siendo lo otro lo contrario; y mañana podrá sin empacho alguno desdecirse y demostrar que lo opuesto a lo contrario es lo cierto, en un tirabuzón enloquecido y sin fin. Y todo ello bajo un manto de inapelable respetabilidad; si alguien osa poner en duda tan contradictorias conclusiones, de inmediato es tachado de retrógrado y medieval. Sirvan como muestra las flores que la infatuada ciencia dedicó a quienes pusieron reparos a la experimentación con células madre embrionarias, proponiendo a cambio que se experimentase con células madre adultas; ahora la infatuada ciencia empieza a desestimar las células embrionarias, menos viables que las adultas, pero entretanto se ha infudido a la gente lega la convicción de que negarse a experimentar con embriones es algo así como afirmar que la Tierra es plana.

      Cada año se conceden los premios IgNobel, a semejanza paródica de los Nobel, que distinguen las investigaciones más desquiciadas o inútiles, más descacharrantes o absurdas. No se trata de investigaciones perpetradas por discípulos descarriados de aquel doctor Franz de Copenhage que ilustraba las páginas del TBO, sino por científicos adscritos a universidades de rancio abolengo. Más allá de su intención jocosa, tales premios nos revelan que la ciencia, encumbrada en los altares del Progreso, empieza a parecerse peligrosamente a una sucursal de la locura. Y, ciertamente, si repasamos el elenco de investigaciones galardonadas con el IgNobel, podemos llegar a la conclusión de que la ciencia se está convirtiendo a velocidad de vértigo en un concurrido manicomio; pero si hacemos un seguimiento de la prensa de cada día y de las noticias de índole científica que acoge, nuestra impresión no es muy diferente. Es como si la ciencia, empeñada en satisfacer una demanda creciente que le asigna el papel de oráculo, hubiese entrado en una fase de cortocircuito neuronal; como si, sobrepasada por la promesa que nos hizo de desvelar hasta el más recóndito repliegue del universo, hubiese empezado a pegarse topetazos con una pared en la que no puede abrir brecha y, lejos de cejar en su loco empeño, estuviese dispuesta a descornarse, hasta convertir su fracaso en una suerte de orgullosa demencia. Que, por supuesto, se nos vende como sacrosanta cordura, aunque lo repudie nuestro sentido común.

 

-Juan Manuel de Prada-

XLSemanal, 5 de Octubre de 2008

~ por Alejandro Delgado en octubre 7, 2008.

2 comentarios to “Ciencia demente”

  1. * Economía: Geoffrey Miller, Joshua Tyber y Brent Jordan, de la Universidad de Nuevo Mexico, EEUU, por descubrir que el ciclo ovulatorio afecta a las ganancias en propinas de las bailarinas eróticas.

    * Física: Dorian Raymer, de la Iniciativa de Observatorios de Océanos de la Institución Scripps de Oceanografía, EEUU, y Douglas Smith, de la Universidad de California, San Diego, EEUU, por demostrar matemáticamente que montones de cuerda o cabellos, o de casi cualquier otra cosa, inevitablemente se terminan enmarañando y formando nudos.

    * Química: Sheree Umpierre, de la Universidad de Puerto Rico, Joseph A. Hill, de los Centros de Fertilidad de Nueva Inglaterra, EEUU, y Deborah Anderson, de la Escuela Universitaria de Medicina de Boston y la Escuela Médica de Harvard, EEUU, por descubrir que la Coca-Cola es un efectivo espermicida, y a C.Y. Hong, de la Universidad Médica de Taipei, Taiwan, C.C. Shieh, P. Wu y B.N. Chiang, de Taiwan, por descubrir que no lo es.

    El declive del mundo está claro, y nos tragará como si de un desagüe se tratase.

  2. Estoy de acuerdo. Con gente que escribe estos articulos sin tener ni repajolera idea de lo que es la ciencia el mundo está en declive. Criticar los premios IgNobel así a la ligera si que es de dementes

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