Lutero

  

     Los cuadros literarios que recrean a Lutero abundan en la figura de un hombre que hacia 1535 vivía un tanto retirado del mundo, grueso, espeso, de sotabarba cebada, bebedor de cerveza y sonriente ante la llevada de un tonel de vino. Habían quedado atrás las luchas contra las autoridades, las polémicas, los cáusticos panfletos y la enfebrecida correspondencia mantenida con sus amigos y partidarios. Había decidido y aprendido a vivir en el retiro de un antiguo y desocupado convento, ayudado de pequeños trabajos: era experto en la reparación de relojes, trabajaba como jardinero, meditaba, escribía en medio de un vaivén de hijos. Con su mujer, Catharina von Bora, monja exclaustrada, bromeaba y celebraba cosas sin transcendencia, la pellizcaba, le dirigía pesadas y escatológicas expresiones de marido torpe. A veces el lenguaje de Lutero, incluso en los escritos, era soez. Decía que del papado no salían más que “asnales pedorretas”, y que su mayor representante era como el cuclillo que “quiere chupar los huevos de las iglesias y caga luego vanidosos cardenales”.

       Él, que en un tiempo había abominado del matrimonio, se sumergió en el ambiente doméstico, entre gentes y alumnos que se acercaban a la casa para compartir mesa con el teólog que impartía lecciones y catequizaba en Wittenberg. En su clásico estudio, Lucien Febvre lo dibujó como un profeta aburguesado, como un hombre de altibajos que vivía digna y mediocremente en medio de la barahunda del hogar y de pañales puestos a secar. Además de los propios, la pareja mantenía once hijos de las hermanas de Lutero, fallecidas tempranamente. Para mayor carga, los azotes de la peste convertían las habitaciones conventuales de su domicilio en un verdadero hospital. Un visitante anotó en su cuaderno: “la casa del Doctor se ha tornado en una extraña y heterogénea morada de chicos, estudiantes, muchachas, viudas, mujeres mayores y niños; es tremendo el desasosiego que allí reina, y por ello hay tanta gente que tiene lástima de Lutero”. Se ha hecho hincapié en que Lutero nunca pudo asumir el naufragio disciplinar -y también moral- de la Reforma, tal como él la había concebido, por eso se marchó de Wittenberg. En 1545, un año antes de morir, escribió una carta a su mujer, la querida Khete, “predicadora, cervecera, jardinera y un montón de cosas más”, confesándole: “prefiero anda errante de un lugar a otro y comer el pan de los mendigos, antes que mortificar los últimos días de mi vejez con los desórdenes de Wittenberg y el fracaso de mi costoso y amargo trabajo”.

       Pero esta imagen de hombre conforme y eclipsado es engañosa. En su interior nunca transigió, como tampoco cedieron su ironía y el rencor contra los teólogos adversarios, los opulentos, los judíos, el papado y los sacerdotes, a quienes llamaba “santos del vientre” y “lacayos de la tripa”. Los caricaturizaba en burlescos grabados y dibujos que remataba su buen amigo Lucas Cranach, a quien a menudo ayudaban sus hijos, también artistas. Sabía que le escuchaba un pueblo cerril y huraño o, como él decía, salvaje, brutal y furioso. Desde la cátedra veía con disgusto la rudeza de unos personajes que parecían salidos de las tablas de Brueghel. Cada vez se le hacía más fatigosa la traducción del Antiguo Testamento. No estaba aburguesado, sino dolido por la falta de refrendo tras los conflictos del campesinado. Quemaba a Lutero el distanciamiento de los teólogos que en un tiempo hicieron causa con él. En su interior reconocía que había desilusionado a algunos humanistas -no gustó su polémica con Erasmo- y que había decepcionado a una parte de la nobleza. También desconcertó a muchos de sus seguidores que se casara en 1525. Su íntimo Philipp Melanchthon, tan prestigioso teólogo y helenista, que contribuyó a dar cuerpo intelectual al luteranismo, no entendía cómo el que fuera su maestro había cedido a la imagen de un hombre ahogado en la vida doméstica.

       Quien tantas pullas había lanzado contra el matrimonio y deplorado las relaciones sexuales, se había convertido en un atropellado padre de familia, satisfecho de sus chanzas con la monja que colgó los hábitos. Seguramente escandalizó a Melanchthon lo escrito por Lutero años más tarde, en 1532, en las Charlas de Sobremesa, donde ensalza las virtudes de la convivencia conyugal: “el matrimonio no es sólo algo natural, sino un don divino que proporciona la más dulce, grata y honesta de las vidas, incluso más que el celibato y la soltería”. Y aún: en los momentos de desvelo, por la noche, en la cama, “qué grato es ver un par de trenzas”. De hecho, la institución matrimonial logró prestigio con la Reforma, en parte debido a la aversión que Lutero sentía por el antinatural estado célibe de monjes y monjas.

       La mujer, decía, era quien llenaba el hogar de humanidad; si tenía caderas anchas era señal de que estaba destinada a traer hijos al mundo. Desmentía las creencias populares que la denostaban, como la que afirmaba que las mujeres en período de menstruación empañaban los espejos y agostaban las plantas. Había que desmentir estos bulos populares, porque, junto a los médicos, ellas eran quienes mejor cuidaban a los enfermos, y muchas distinguían tantas decoloraciones de orina y de heces como un maestro en medicina. El famoso cuadro de G. A. Spangenberg pintado en el siglo XIX, en el cual Lutero tañe el laúd y sus hijos cantan, flanqueado por la delicada figura de Catharina y observado desde atrás por un soriente Melanchthon, revela un ambiente que nunca tuvo lugar.

      

– Ramón Andrés-

Johann Sebastian Bach: Los Días, Las Ideas y Los Libros (2005)

~ por Alejandro Delgado en octubre 18, 2008.

Una respuesta to “Lutero”

  1. Me ha encantado esta nueva coindidencia, Alex, en este caso literaria (no musical), aunque sea de manera tangencial.rPrecisamente, en el libro que estoy terminan de leer estos días pude analizar la relación de Lutero contra el poder de la iglesia católica, pero también contra el espírito renacentista de algnos de sus papaas coeténeos. El libro es “La pasión de la mente occidental” (de Richasd Tarnas) y publicaré una entrada próximamente.

    Un saludo – Rogelio

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