Oriente/Occidente

     

       Es ya tópico centrar la oposición Oriente/Occidente en la actitud divergente receptividad/poder. La mentalidad científica de Occidente ha pretendido dominar la naturaleza, y para ello quiso establecer o descubrir las leyes que rigen los fenómenos y aplicar sus conocimientos para la transformación de su medio. Occidente ha comprendido la vida -la humana sobre todo- en términos de evolución y progreso, mientras que Oriente permanecía atento, como antaño, a sus revoluciones. El esquema lineal se ha opuesto al circular.

      No obstante, hoy, Occidente parece haber llegado a la conclusión de que el camino de la historia es un callejón sin salida, y no sabe muy bien qué hacer, si retroceder o saltar la tapia. El reino del ser se ha topado con el no-ser, el orden con el caos, los límites con su propia infinitud; lo que creíamos bien definido se difumina y la materia inerte que pisamos se nos antoja cada vez menos firme y más parecida a la espalda escamosa y móvil de un dragón dormido. Occidente teme despertar al dragón. Teme que su universo conceptual se derrumbe, teme el estado de indefensión que augura la pérdida de sentido. Teme llegar a pronunciar la frase “esto es absurdo” porque sabe que entonces habría ido a cobijarse en el último reducto que protege del vértigo. Considerar algo como absurdo es defenderse aún del sin sentido, ponerse a cubierto.

      El occidental teme a la naturaleza indómita, y por eso la hace científicamente inteligible, reduciendo sus formas a las regularidades de la geometría. Las verdades de razón son siempre verdaderas; la experiencia no puede modificarlas. Un triángulo será siempre una figura con tres ángulos; dos y dos siempre sumarán cuatro. Los racionalistas de la Edad Moderna quisieron elaborar una teoría “verdadera” del mundo basándose en los principios de razón, una teoría cuya verdad se proclamara a partir de dichos principios, y lo consiguieron. Pero quedaron atrapados dentro de su propia racionalidad.

      Actualmente sabemos que la realidad puede adaptarse a los múltiples modelos que la ciencia construye y a otros muchos que aún no es capaz de imaginar. Sabemos que en cuestión de imaginación la naturaleza se lleva todos los premios. Digamos que nos hemos hecho un poco más humildes y que, por lo general, nos contentamos con que funcionen los electrodomésticos, el televisor y el motor del coche.

      ¿Qué esperamos, pues, del antiguo saber de Oriente? ¿Qué puede aportarnos?

      La racionalidad occidental y la propia ciencia se han estetizado. La apertura de la razón hacia aquellos dominios que pertenecen a lo que hemos llamado “imaginación” y que quedaban relegados fuera de los márgenes de lo real nos ha forzado a una visión más “metafísica”. O tal vez fuese mejor decir que la “física” ha recuperado el sentido original de su objeto: la fisis, algo vivo y extremadamente sutil y complejo. Los mismos márgenes de lo real se han ensanchado y la razón ha olvidado su antiguo oficio de representación para hacerse creadora. A la estética, pues, hemos de remitirnos y aprender de ella, si no los métodos, sí la actitud admirativa y desinteresada.

      Tal vez sea importante, hoy en día, para nuestra civilización occidental, aproximarse a las vías de la sabiduría china para recuperar una forma de conocimiento que nuestra tradición científica desterró en pro de una eficaz y objetiva disección de los entes. Tal vez aquel modo de contemplar y entender el universo y el orden de los cambios pueda modificar para bien nuestro modo de ver los fenómenos como cosas y los sucesos como el estricto cumplimiento de unas leyes causales que actúan sobre ellas. Y tal vez esta actual “civilización de la imagen” sea más receptiva a ese otro lenguaje chino de la imagen que no pretende informar simultaneando acontecimientos en la(s) coincidencia(s), sino simplemente comunicar, reproduciendo el curso de los fenómenos-acontecimientos que se quieran señalar. Tal vez la conciencia oriental de lo efímero deba internarse en el cuasi enfermizo afán de conservación de Occidente, desconstruyendo las “cosas”, convirtiéndolas en sucesos, restituyendo a los fenómenos su rango de aparición, a la conciencia su abertura y a la vida humana su inefable consistencia.

      Al libro de Fritjof Capra, El Tao De La Física, remito a quienes les interesen la relación entre ciencia y taoísmo.

      Al silencio remito a quienes tengan algún motivo para tratar de conocerse a sí mismos. Ésta es la gran asignatura pendiente del hombre occidental, y es muy probable que Oriente tenga algo que decirnos, aún, al respecto. Pero, como todo lo que importa, este conocimiento ni está a la vista, ni se entrega fácilmente.

 

-Chantal Maillard-

La Sabiduría Como Estética. China: Confucianismo, Taoísmo y Budismo (2005)

~ por Alejandro Delgado en octubre 22, 2008.

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