Humanismo

     

           En los ánimos fundamentalistas de los años siguientes a 1945, a mucha gente -por razones comprensibles- no le bastaba con retornar de las atrocidades bélicas a una sociedad que, nuevamente, adquiría la apariencia de un público apaciguado de amigos de la lectura: como si una juventud goetheana pudiera hacer olvidar a las juventudes hitlerianas. Por aquel entonces, a muchos les pareció de buena educación volver a consultar, junto con las lecturas romanas reeditadas, también la segunda, la lectura bíblica básica de los europeos, y conjurar en el humanismo cristiano los fundamentos del (nuevamente) llamado Occidente. Este neo-humanismo que, desesperado, vuelve su mirada a Roma pasando por Weimar significa el sueño de la salvación del alma europea mediante una bibliografía radicalizada, una ilusa exaltación melancólico-esperanzada del poder civilizador e incluso humanizador de la lectura de los clásicos (si se nos permite por un momento la libertad de meter en un mismo saco como clásicos a Cicerón y a Cristo).

      De todos modos, por muy ilusos que fueran sus motivos, en estos humanismos postbélicos se revela un aspecto sin el cual nunca -ni en los tiempos romanos ni en la nueva era de los Estados nacionales burgueses- se ha podido comprender la tendencia humanística en su conjunto: el humanismo, tanto en el fondo como en la forma, tiene siempre un “contra qué”, pues supone el compromiso de rescatar a los hombres de la barbarie. Es fácil comprender que justamente aquellas épocas cuyas experiencias determinantes han tenido que ver con el potencial de barbarie que se libera en las interacciones humanas violentas suelan coincidir con los tiempos en que más alta y apremiante es la voz reclamando humanismo. Quien hoy pregunta por el futuro de la humanidad y de los medios de humanización, lo que en el fondo quiere saber es si sigue habiendo esperanzas de tomar bajo control las actuales tendencias asilvestradoras del hombre. En este punto decisivo el inquietante hecho de que tales retornos al estado salvaje, hoy como siempre, acostumbren a desencadenarse en situaciones de alto desarrollo de poder, bien sea directamente como atrocidad imperialista o bélica, bien como embrutecimiento cotidiano de los hombres en los medios destinados a la diversión deshinibida. De ambas cosas han proporcionado los romanos modelos decisivos para Europa: por una parte, con su militarismo que lo impregna todo, y por otra, con una industria del ocio a base de juegos sangrientos que anticipaba ya el futuro. El tema latente del humanismo es, pues, la domesticación del hombre; su tesis latente: una lectura adecuada amansa.

      El fenómeno del humanismo merece hoy antención sobre todo porque, por mucho que se presente velado y tímido, nos recuerda que en la civilización de la alta cultura los hombres se ven permanentemente reclamados a la vez por dos grandes poderes formativos que, en pro de la simplificación, aquí llamaremos sencillamente influencias inhibidoras y deshinibidoras. Forma parte del credo del humanismo el convencimiento de que los hombres son “animales sometidos a influencia”, y que es por ello indispensable hacerles llegar el tipo correcto de influjos. La etiqueta “humanismo” nos recuerda -en su falsa candidez- la perpetua batalla por el hombre que se viene librando en forma de una lucha entre tendencias embrutecedoras y amansadoras.

      En la época de Cicerón estos dos polos de influencia aún se pueden identificar con facilidad, porque cada uno de ellos posee su propio medio característico. Respecto a las influencias embrutecedoras, los romanos, con sus anfiteatros, sus peleas de animales, sus juegos de lucha a muerte y sus espectáculos de ejecución, tenían montada la red de medios para el entretenimiento de masas más exitosa del mundo antiguo. En los rugientes estadios de toda el área mediterránea, el desinhibido Homo inhumanus lo pasaba tan a lo grande como prácticamente jamás antes y raras veces después. Durante la época del imperio, la provisión de fascinaciones embrutecedoras a las masas romanas había llegado a ser una técnica imprescindible de gobierno cuya estructura se ampliaba y se perfeccionaba de manera rutinaria: algo que gracias a la jovial fórmula de “pan y circo” se ha mantenido hasta hoy en la mente de todos. Sólo puede entenderse el humanismo antiguo si también se lo comprende como toma de partido en un conflicto de medios, es decir, como la resistencia del libro frente al anfiteatro, y como la oposición de las lecturas filosóficas, humanizadoras, apaciguadoras y generadoras de sensatez, contra el deshumanizador, efervescente y exaltado magnetismo de sensaciones y embriaguez que ejercían los estadios. Eso que los romanos eruditos llamaron humanitas sería impensable sin la exigencia de abstenerse de consumir la cultura de masas en los teatros de la brutalidad. Si alguna vez hasta el propio humanista se pierde por error entre la multitud vociferante, ello sólo sirve para constatar que también él es un ser humano y, en consecuencia, puede verse infectado por el embrutecimiento. Retorna el humanista entonces del teatro a casa, avergonzado por su involuntaria participación en las contagiosas sensaciones, y casi está tentado de reconocer que nada humano le es ajeno. Pero con ello quiere decir qu elo humano consiste en elegir para el desarrollo de la propia naturaleza los medios inhibidores y renunciar a los desinhibidores. El sentido de dicha elección de medios reside en desacostumbrarse de la posible brutalidad propia y guardar las distancias con la escalada de deshumanización de la jauría vociferante del teatro.

 

-Peter Sloterdijk-

Normas Para El Parque Humano (1999)

~ por Alejandro Delgado en octubre 23, 2008.

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