Enfermos y enfermedades

medico No sé quién, ni en qué circunstancias, ha dicho que no existen enfermedades, sino solamente enfermos. En cualquier caso, esta fórmula resume a la perfección cierta concepción médica, la de los tiempos modernos, y a menudo he podido escucharla en boca de algunos médicos. Uno de mis amigos –non ignobilis medicus– la considera incluso la última palabra de la ciencia médica.

Es difícil decidir si realmente es la última palabra de la ciencia médica o si lo es el neohipocratismo (o el neohumorismo moderno, como también se le llama) que integra de nuevo al hombre en el seno de toda la vida orgánica. Pero de algo podemos estar seguros: del éxito y de la actualidad de la fórmula “no existen enfermedades, sino solamente enfermos”. Si pensamos bien, esta fórmula no es tan sorprendente para los tiempos actuales. Era inevitable que desaparecieran las categorías (enfermedades) en una época de individualismo absoluto (1880-1930), para dejar sitio a los individuos (enfermos). Cuando el acento recae sobre los individuos y no sobre los tipos, ni sobre la clase, incluso los fenómenos de desorden orgánico se “individualizan”. Empiezan a existir solamente “enfermos”. Las enfermedades se transforman en esquemas demasiado imprecisos, a los que no les corresponde casi nada dentro de la realidad clínica. Por otra parte, cuando los hombres se diferencian demasiado desde el punto de vista psicológico, también empiezan a diferenciarse desde el punto de vista biológico. Las épocas clásicas conocían solamente enfermedades, no enfermos.

Un célebre historiador de la medicina, Karl Sudhof, ha demostrado que cada época histórica tiene su propia enfermedad específica, su enfermedad “estructural”. Por ejemplo, la lepra en la Antigüedad, la peste en la Edad Media, la sífilis en el Renacimiento, la tuberculosis en el Romanticismo, el cáncer en la Época Moderna. Cada una de estas enfermedades expresa (o corresponde a) la concepción fundamental de cada época sobre la existencia. La lepra, en la Antigüedad, correspondía al destino (individual, se sobreentiende); la peste expresa a la perfección la concepción trágica y sombría de la existencia que dominaba la Edad Media (ingentes muchedumbres aniquiladas de golpe, como por una maldición o un castigo divino); la sífilis no podía tener “éxito” más que en una época en la que el libertinaje florecía, la cortesana tenía un papel sobresaliente y el viaje era un estilo de vida; la tuberculosis, por una parte, correspondía al patetismo clorótico del Romanticismo y, por otra, llegaría a ser una “enfermedad social” provocada por la miseria urbana, secuela de la Revolución industrial; y, por fin, el cáncer sería la expresión fiel del encuentro de la Época Moderna con lo “irracional” (ya sea en la física, ya en las filosofías vitalistas).

No sé si he resumido fielmente los resultados obtenidos por el erudito profesor Sudhof. Sin embargo, he esbozado este esquema con la intención de preguntarme si el enfermo como tal no es el fenómeno típico de nuestra época; si lo más característico de la actualidad no es una enfermedad, sino la desorganización del cuerpo humano, la anarquía vital, la pulverización de los síntomas, en una palabra, la aparición del enfermo, elemento irreductible a unas categorías precisas, que se comporta como un “irracional” o un eterno “desconocido” frente a las formas clínicas.

Es normal que a la anarquía metafísica (positivismo y vitalismo) le corresponda una anarquía psicológica (el individualismo) y una anarquía biológica (los enfermos). La enfermedad significa un acontecimiento patógeno con síntomas precisos, los mismos para todos los pacientes. La aparición del enfermo en el mundo y en la historia de la medicina, la aparición del enfermo como categoría, pulveriza los síntomas; el paciente ya no pertenece a un tipo, sino que es, casi siempre, un caso. Cada individuo tiene su propia enfermedad. Exasperado por tantas variedades y matices, por tantos síntomas “personales”, el médico de ahora reconoce que su ciencia es impotente para intervenir en estos centros anárquicos. Él se limita, según su propia expresión, a “ayudar a la naturaleza”. Esto significa que, delante de lo “irreductible” y lo “irracional”, apela a las fuerzas del orden que el enfermo todavía conserva dentro de sí. El médico intentará restaurar el orden y la armonía orgánica disminuyendo la anarquía a través de una acción “policíaca”, introduciendo subrepticiamente “defensas” en el organismo. Porque él, como científico, ya no se atreve a creer en nada que no sea la vida y el poder de la naturaleza. La anarquía permanece latente en cualquier hombre y el médico sabe que no puede hacer nada contra ella. El único remedio es la voluntad de curación del enfermo, es decir, su voluntad de orden y armonía…

Nuestra época conoce técnicas curativas personales, como es, por ejemplo, el psicoanálisis. Esta técnica varía de hombre a hombre. No existen categorías, síndromes, tipos clínicos. Existe una infinidad de matices, de variaciones, de “personalidades”. Por otra parte, el psicoanálisis expresa a la perfección la concepción moderna sobre el hombre y las enfermedades: todos los hombres están enfermos. Existen tantas enfermedades como hombres. Ha desaparecido el límite preciso entre la salud y la enfermedad. Cualquier individuo es una revolución permanente. Y en esta “revolución” el médico ya no se pone del lado de la policía, sino que pasa al bando de la insurrección. El médico psicoanalista, consciente de la universalidad de la anarquía, ha dejado de tener fe en una restauración total del orden. Se limita a obtener un “armisticio” orgánico y subliminal. Se conforma con rescatar al paciente del furor de la locura, de la anarquía absoluta. No importa si le transforma en un loco reservado y tímido, porque de una forma u otra todos estamos locos. Lo importante es que el armisticio perdure…

Creo que el psicoanálisis expresa el último límite del individualismo. Esta técnica es un fiel reflejo de la total desagregación de las “categorías clínicas”. El “enfermo” había entrado en la historia de la medicina a partir de la segunda mitad del siglo XIX, pero nunca había dominado de una manera tan despótica el pensamiento médico como lo hace en el decenio de supremacía psicoanalítica. El enfermo ha encontrado en el psicoanálisis su técnica ideal: en primer lugar, un médico que se preocupe incansablemente por él, y una ciencia que le cree en todo y le perdona todo. Una ciencia que, sobre todo, se preocupa por todo lo que es personal e íntimo en su enfermedad, que no le confunde con una clase entera de pacientes, sino que respeta su autonomía…

Al principio de esta nota confesaba que no sabía si el refrán “no existen enfermedades, sino solamente enfermos” sigue siendo tan válido hoy en día como hace diez años. Parece que la medicina se ha encaminado definitivamente hacia un neohumorismo, hacia los viejos dogmas climáticos y orgánicos de Hipócrates. Hipócrates, sin embargo, no conocía a los “enfermos” y conocía muy pocas “enfermedades”. En cambio, clasificaba el mundo orgánico en función de los “climas” y a los tipos humanos en función de sus “humores”. Existía una secreta armonía entre las zonas siderales, los climas terrestres y los humores humanos. Juntos, constituían un “cosmos”, un todo vivo y armónico. Los tipos humorales son categorías en las cuales los enfermos participan orgánicamente. Los enfermos se integran en estos tipos humorales y estos tipos tampoco son autónomos, sino que están en estrecha relación con los climas e incluso con los astros. Ahora, a través del neohumorismo, el enfermo vuelve a estar integrado en el cosmos, es solidario de las realidades orgánicas y climatéricas que le preceden y le superan. Podemos reconocer en las últimas concepciones de la ciencia médica una vuelta a la vida rítmica y armónica, a un Cosmos que es considerado como un todo, como una totalidad, vuelta que podemos descifrar también en la actual orientación de las ciencias y de las filosofías. Hecho significativo que debería hacernos reflexionar. A pesar de todo, el signo de nuestra época podría ser el totalitarismo…

-Mircea Eliade-

Fragmentarium

~ por Alejandro Delgado en noviembre 12, 2008.

2 comentarios to “Enfermos y enfermedades”

  1. Es un gustazo poder degustar esta delicatessm exquisita y eleborada de pedacitos de cosmovisión que nos regala Eliade, ¿verdad?

    Fenomenal la selección de textos. De veras.

    UN abrazo – Rogelio

  2. Vaya, me resulta muy interesante que en cada época hubiese una enfermedad que se desarrollase debido a las condiciones sociales y estructurales, como una “enfermedad típica de la época” lo cual tiene su lógica, pero me ha gustado el planteamiento.

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