Nostalgia de la guerra

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Sin duda, los guerreros de muchas tribus salvajes -como los pescadores o los cazadores- tenían que guardar castidad cada vez que salían a una nueva expedición. La castidad en sí misma tiene un valor mágico. Ser casto significa, en cierto sentido, suprimir la condición humana y, en cualquier caso, superar el estado profano. El primero y más importante instinto es el instinto sexual. Su supresión definitiva (ascetismo) o su suspensión temporal anulan la condición humana. El hombre casto acumula un arsenal de “fuerzas mágicas” que le marcan y hacen que fructifique cada acción que lleve a cabo. Si va de pesca o de caza, la presa será abundante; si va a la guerra, estará siempre a salvo de las flechas enemigas y sus armas alcanzarán siempre el blanco. […]

El héroe, como el sacerdote, es un individuo que sacrifica. El mundo grecorromano había concedido un valor sagrado a la guerra; es decir, la asimilaba a un sacrificio ritual. Los vencedores eran los hombres que sacrificaban las vidas de los enemigos, igual que los sacerdotes sacrifican, sobre el altar, los animales consagrados. Pero este sacrificio no podía ser llevado a cabo sin unas purificaciones previas; de otro modo, el animal sacrificado no sería más que una bestia degollada. Así pues, al igual que el sacerdote que se prepara para un sacrificio respeta previamente la castidad, manteniéndose purificado durante todo el tiempo que dura el ritual, aislado, por tanto, de cualquier estado profano, también el guerrero debe guardar la pureza ritual durante la lucha (el “sacrificio”).

Pero la semejanza entre el guerrero y el sacerdote (y en un nivel superior entre el héroe y el santo) es todavía más profunda. En efecto, a la condición humana y profana no sólo le pertenece la impureza (y especialmente la impureza sexual), sino también la pasión, el deseo, el odio, etc. Eres “hombre” porque deseas que sucedan ciertas cosas para tu propia satisfacción; o, tal como nos dice el Bhagavad Gita, porque buscas el fruto de tus acciones (phalatrishna). El héroe, como el santo, ha superado esta phalatrishna; ambos han realizado lo que se llama la phalatrishna vairagya, la “renuncia a los frutos de sus acciones”. El héroe, como el santo, no conoce en adelante la pasión, el odio, el deseo. Se ha vuelto “apático”, “indiferente”. El santo no odia nada ni a nadie. Y el héroe deja de “odiar” a su contrincante. Ya no posee ningún criterio individual. No conoce más que las reglas objetivas de la lucha que corresponden a las leyes objetivas de un ritual.

Por eso, la “victoria” propia del héroe es un estado, no un acontecimiento. El héroe es “vencedor” en pleno combate y sigue siendo vencedor aunque haya perecido en él.

-Mircea Eliade-

Fragmentarium


Bajo mi punto de vista, el que mejor ha resumido estas ideas, en una frase que siempre me ha dejado asombrado, es Lewis Mumford, en su Técnica y Civilización:

“La diferencia entre los atenienses con sus espadas y sus escudos luchando en los campos de Maratón y los soldados que se enfrentaron con tanques, cañones, lanzallamas, gases tóxicos y granadas de mano en el frente occidental es la diferencia que hay entre el rito de la danza y la rutina del matadero.”

Remito al antiguo post donde ya cité este párrafo junto a otros.

.

~ por Alejandro Delgado en noviembre 19, 2008.

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