Gould

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En 1964, el pianista canadiense Glenn Gould, que hasta aquel momento había sido un brillante concertista, abandonó toda actuación en público. Hasta su muerte, en 1982, se confinó en la grabación de discos, programas de radio y televisión, y en la redacción de artículos en los que exponía su concepción de la música.

Existe una línea por la cual la vida se pliega en dos, como una carta después de ser leída, se condena ella misma a la soledad como antaño se iba al desierto, se abandona en el éxtasis. El hecho de que un pianista en la cima de su carrera, a la edad de treinta y dos años, abandonase los escenarios, no por una temporada como hizo Horowitz, entre otros, sino para no volver a ellos jamás, decepcionó las expectativas mundanas. Era de imaginar que ése no fuera más que el primer paso hacia un creciente retiro. Sin embargo, el hecho de que este aislamiento forzoso no fuera una huida ante la realidad, sus prestigios y tentaciones, sino una fuga en el sentido musical del término, una empresa ética y estética voluntaria, concertada, coherente, consecuente, una y múltiple, se ha convertido en un enigma que sorprenderá durante mucho tiempo a aquellos para quienes el arte es una diversión y no el medio de salvar sus almas.

¿Qué sucedió con la música en su interior, cuando ya nadie podía oírle al mismo tiempo y en el mismo lugar en el que él tocaba? Los alumnos del Conservatorio Real de Toronto, a los que se dirigió el 11 de noviembre de 1964, pudieron oír este consejo: estad solos, permaneced en contemplación que es una gracia. Este deber de soledad lo mantuvo Gould en todo momento a partir de aquel ´ultimo concierto que había tenido lugar en Chicago unos meses antes.

Había interpretado algunas fugas de El Arte de la Fuga (no sé cuáles; me gustaría que entre ellas estuviera la cuarta, llamada Santa Ana), luego la Partita nº4, la Sonata op.110 de Beethoven, y la Tercera Sonata de Krenek. Quizá fue en medio del Andante de Beethoven el momento en que todo se rompió o se iluminó ¿quién puede saberlo? Se había deshecho el lazo que lo unía a la sala, la línea de las notas bemoladas (mi re do si do la la sol). Los dedos siguieron tocando las notas, pero él ya no estaba allí. Seguirían tocando hasta el final del concierto y nadie se daría cuenta de ello, solos, por decirlo de alguna manera. Había perdido el contacto. Con ellos, en primer lugar. Había sentido cómo, de hecho, la música llega a muy pocas personas en una sala de conciertos, tras descontar a los soñolientos, los que saborean de antemano la cena que seguirá o sólo están allí para poder decir al día siguiente que estaban allí. Incluso prefería a aquellos a los que la música pone pies en polvorosa antes que a los que se acomodan en su tibieza y a los que ésta no perturba en sus ensueños y en sus cálculos.

Desde que comenzó a ofrecer conciertos, le gustó proscribir el repertorio de concierto y condenar a sus espectadores a convertirse un poco más en oyentes, ofreciéndoles piezas difíciles, polifónicas (muchas formas fugadas aquella noche, más incluso que las de Bach: el tercer movimiento de Beethoven, el segundo de Krenek), abstractas o francamente aburridas como la Sonata de Krenek que arrastraba en sus programas desde hacía siete u ocho años como si fuera un amuleto que le protegiera de la avidez del público y enfriara oportunamente los ardores aplaudidores de éste al final de la velada, pero éstos siempre estaban allí. No quería volver a ver a esos oyentes que sólo oyen con los ojos y la boca.

Sin embargo, la vida que acababa de abandonar no había sido toda inconvenientes. En algunas ocasiones, tras un trino bien interpretado, desaparecía la angustia y algunas noches le gustaba verse obligado a luchar para liberarse de la presencia opresiva y en cierta manera embrutecedora del público. Pero algo se hundió en el compás 17 del tercer movimiento del opus 110, cuando se lamenta el Klagender Gesang, el canto del dolor. No pudo alcanzar el crescendo que subtiende el lamento. No podía hacerlo. No ante esa gente, ante los dos mil que le contemplaban a la espera del final. Era como desnudarse, o morir. Tenía que esconderse. Sabía que pronto llegaría la fuga, y que ahí podría adoptar una máscara serena. Pero luego llegaría también, velado, perdendo le forze, el Arioso de dolor, y entonces, indicado en el compás 130, el pedal una corda no bastaría para teñir de ausencia la frase que se aleja. Necesitaría aún menos sonido.

-Michel Schneider: Glenn Gould Piano Solo (1989)-

~ por Alejandro Delgado en diciembre 11, 2008.

Una respuesta to “Gould”

  1. ¡Cuánto tiempo sin escribir, Alex!

    Conocia el texto de Schneider. Me lo regalaron hace algunos años…En lo referente a Gould, tal vez no haya conseguido “entrar” del todo en su universo estético, en su experiencia artística. Puede que, me pese un poco sus versiones de las Goldberg, tan diferentes a las de mis amados Pierre Hantaï, o Gustav Leonhart…
    …Pero no me tomes como un “integrista” de las interpretaciones con instrumentos originales. Nada más lejos de mi caso. De hecho el úntimo trabajo de Baremboin del Clave bien temperado me transmite una alta intensidad emocional.

    Gould, tal vez continúe en mi caso como asignatura pendiente. Y eso a pesar de las magníficas ediciones de Sony sobre su obra.

    Un abrazo.

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